El santo debe caminar solo

02
May
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Por A. W. Tozer

La mayoría de las más grandes almas del mundo han sido solitarias. La soledad parece ser el precio que el santo debe pagar por su santidad.

En  el  amanecer   del  mundo   (o  deberíamos   decir,  en  la  extraña  oscuridad   que  vino inmediatamente  después del amanecer del hombre), esa alma pía, Enoc, caminó con Dios y luegofue quitado, porque Dios se lo llevó, y si bien esto no está dicho en muchas palabras, unareferencia bastante justa es que Enoc anduvo bastante apartado de sus contemporáneos.

Otro hombre solitario fue Noé, quien, de todos los antediluvianos, halló gracia a los ojos de Dios; y cada pedazo de evidencia apunta a la soledad de su vida, aun cuando estaba rodeado de su gente.

Nuevamente, Abraham tenía a Sara y a Lot, así como muchos siervos y pastores, pero quien pueda leer su historia y el comentario apostólico sobre él, sentirá instantáneamente que era un hombre  “cuya alma era como  la de una estrella  y moraba  aparte”.  Tanto  como  sabemos, ninguna  palabra  Dios le habló  a él estando  en compañía  de otras personas.  Con el rostro inclinado él tenía comunión con su Dios, y la dignidad innata del hombre no le permitía que él asumaesta postura en la presencia de otros. Cuán dulce y solemne fue la escena esa noche del sacrificiocuando él vio una antorcha que pasaba entre los animales divididos del sacrificio. Allí, solo con elhorror de una gran oscuridad, oyó la voz de Dios y supo que él era un hombre marcado con el favordivino.

Moisés también fue un hombre apartado. Mientras aún estaba en la corte de faraón, tomaba largas caminatas solo, y durante una de estas caminatas fue cuando vio a un egipcio y a un hebreo peleando y fue a rescatar a su compatriota hebreo. Después de haber sido sacado de Egipto, vivió prácticamente en completa reclusión en el desierto. Allí, mientras custodiaba sus ovejassolo, la maravilla de la zarza ardiente le apareció, y luego en lo alto del Monte Sinaí él estuvo soloen una fascinante reverencia ante la Presencia, parte escondida, parte revelada, dentro de la nubey el fuego.

Los profetas de los tiempos antes de Cristo diferían ampliamente unos de otros, pero tenían una marca en común cual era su forzada soledad. Amaban a su pueblo y se gloriaban en la religión de sus padres, pero su lealtad al Dios de Abraham, de Isaac, y de Jacob, y el celo por elbienestar de la nación de Israel, los llevaba lejos de la multitud  y los metía en grandes periodosmuy pesados. “Extraño he sido para mis hermanos, y desconocido para los hijos de mi madre” (Sal.69:8), decía uno y sin darse cuenta hablaba por todo el resto.

Lo  más  revelador  de  todo  es  la  vista  de  Aquel  de  quien  Moisés  y  todos  los  profetas escribieron, escalando su solitario camino a la cruz. Su profunda soledad se manifiesta a pesar dela presencia de las multitudes.

Murió solo en la oscuridad, oculto de la vista del hombre mortal y nadie le vio cuando se levantó  triunfante  y caminó  fuera  de  la tumba, si bien  muchos  lo  vieron  luego  y fueron testigos de lo que vieron. Hay algunas cosas demasiadas sacras en las que solo pueden mirar los ojos  de  Dios.  La  curiosidad,  el  clamor,  las  buenas  intenciones  pero  de  chapuceros esfuerzospara ayudar, solo pueden dificultar al alma que está en espera y hace difícil, si no imposible, lacomunicación del mensaje secreto de Dios al alma adoradora.

 

Algunas veces reaccionamos por medio de un reflejo religioso y repetimos concienzudamente laspropias  palabras  y frases  aun cuando  ellas no expresan  nuestros sentimientos  reales  y carecende la autenticidad de la experiencia personal. Ahora es ese tiempo. Una cierta lealtad convencionalpuede guiar a alguien que oiga esta verdad no tan familiar y expresada por la primera vez a decirbrillantemente: “Oh, yo nunca estoy solo. Cristo dijo “Yo no los dejaré ni los abandonaré” y tambiéndijo “He aquí yo estaré siempre con vosotros”. ¿Cómo puedo estar solo si Jesús está conmigo?”

Ahora, no quiero replicar sobre la sinceridad de cada alma cristiana, pero este testimonio de estantería es demasiado lindo para ser real. Es obvio de que lo que piensa el que dice esto debería ser verdad antes que él haya probado de ser verdad por el test de la experiencia. Esta cariñosa negación de no estar solo prueba que el que dice esto nunca ha caminado con Dios sin elapoyo y aliento que le da la sociedad. El sentido de compañía a lo que él erróneamente atribuye  ala presencia  de Cristo  puede  y probablemente  viene,  de la presencia  de  gente amistosa.Siempre recuerde: usted no puede llevar la cruz en compañía. Si bien el hombre está rodeado deuna vasta multitud, su cruz es solo suya y el llevarla lo marca como un hombre apartado. Lasociedad se vuelve contra él; de otra manera él no tendría cruz. “Todos lo abandonaron, y huyeron”.

El dolor de la soledad viene de la constitución de nuestra naturaleza. Dios nos hizo para estar entrenosotros. El deseo de compañía humana es completamente natural y correcto. La soledad delcristiano  resulta de su caminar  con Dios en un mundo  impío. Un caminar  que muy a menudo loaparta de la comunión de buenos cristianos así como de los que son parte de un mundo noregenerado.  Sus instintos dados por Dios claman por compañía con otros de su misma clase,otros quienes puedan entender sus deseos, sus aspiraciones, sus absorciones en el amor de Cristo;y porque debido a que dentro de su círculo de amigos hay muy pocos que comparten susexperiencias internas, se ve forzado a caminar solo. Los deseos insatisfechos de los profetas porcomprensión humana les causaba el clamar en sus quejas, y aún nuestro Señor sufrió de la mismamanera.

El hombre que ha pasado a estar dentro de una Presencia divina no encontrará muchos que le comprendan. Desde luego que tendrá una cierta cantidad de compañerismo social mientras se mezcla con personas religiosas en las actividades regulares de la iglesia, pero verdadera comuniónespiritual será difícil de encontrar. Pero él no debería esperar que las cosas sean de otra manera.Después de todo, él es un extranjero y un peregrino, y el viaje que está tomando no es de sus pies,sino de su corazón. El camina con Dios en el jardín de su alma, ¿y quien sino Dios puede caminarallí con él? El es de otro espíritu que el de las multitudes que andan por las cortes de la casa delSeñor. El ha visto las cosas que los demás solo han oído de ellas, y camina entre ellos de algunamanera como Zacarías caminaba después de su retorno del altar cuando la gente dijo “Ha visto unavisión”.

El verdadero  hombre espiritual es efectivamente  una excentricidad.  No vive para sí mismo sinopara promover el interés de Otro. Busca persuadir a la gente de dar todo a su Señor y no busca unaporción para sí mismo. No se deleita en ser honrado sino el ver a su Salvador glorificado a los ojosde los hombres. Su gozo es ver promovido a su Señor y él mismo ser rechazado. El encuentrapocos con quien compartir sobre aquello que es el objetivo supremo de su interés, así que amenudo está en silencio y preocupado en medio de todo la ruidosa conversación religiosa. Por estoél se gana la reputación de ser aburrido y demasiado serio, así que es evitado y el espacio entre ély la sociedad se agranda. Busca amigos en los cuales él pueda detectar en sus ropas el olor amirra y áloe y casia de los palacios de mármol, y encontrando pocos o ninguno, al igual que María,guarda estas cosas en su corazón.

Es esta misma soledad la que lo lleva de nuevo a Dios, “Aunque mi padre y mi madre me olvidaran, con todo tú me recogerás”. Su habilidad para encontrar compañía humana lo lleva a buscara Dios donde él no puede encontrar a nadie más. Aprende solícitamente en lo interior lo que nopudo haber aprendido en la multitud, que Cristo es todo en todos, que El fue hecho por nosotrossabiduría, justificación, santificación y redención; que en El tenemos y poseemos el mejor de losbienes.

Dos  cosas  faltan  ser  dichas.  Una,  que  el  hombre  solitario  de  quien  hablamos  no  es  un arrogante, ni tampoco más santo que usted, o el tipo de santo austero satirizado en la literatura popular. Es más bien del tipo del último de todos los hombres y es seguro culparlo a él mismo por supropia soledad. Quiere compartir sus sentimientos con otros y abrir su corazón a alguna mente quepiense igual y que lo entienda, pero el clima espiritual alrededor suyo no lo alienta a esto, así quepermanece en silencio y cuenta sus aflicciones solo a Dios.

Lo  segundo  es  que  el santo  solitario  no  es  el  hombre  apartado  que  se endurece  ante  el sufrimiento humano y pasa los días mirando a los cielos. La verdad es todo lo opuesto. Su soledad  lo  hace compasivo  de los afligidos  y de los caídos  y los dañados por el pecado. Debidoa que él es apartado del mundo, está más que todo capacitado para ayudarlo. Meister Eckhartenseñaba a sus seguidores que si ellos se encontraban en oración y de repente se recordaban queuna pobre viuda necesitaba comida, deberían interrumpir la oración inmediatamente  y que vayan aayudar a la viuda. “Dios no va a permitir que ustedes pierdan nada por eso”, les decía. “Ustedespueden retomar la oración donde la había dejado y el Señor los va a recompensar”. Esto es típicode los grandes místicos y maestros de la vida interior desde Pablo hasta el presente día.

La debilidad  de tantos  cristianos  modernos  es  que ellos  se sienten  demasiado  bien  en el mundo. En un esfuerzo para obtener “ajustes” pacíficos en una sociedad no regenerada, han perdido su carácter de peregrinos y se volvieron parte esencial del mismo orden moral contra el cualfueron enviados a protestar. El mundo los reconoce y los acepta por lo que son. Y esta es la cosamás triste que puede decirse de ellos. Ellos no están solos, pero tampoco lo están los santos.

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